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Eso da una paz, el poder cogerlo, poder despedirte y decirle que le quieres, en persona

Beatriz y Alejandro, padres de Jesús María

“Jesús María realmente llegó a nuestra vida de manera sorprendente” comienza a compartirnos Alejandro, esposo de Beatriz y padre de Juan y Marta, que tenían 6 y 2 años cuando esperaban a su hermanito. “Le hicimos una gymkhana a los niños para decirles que iban a tener un hermanito, una búsqueda del tesoro. En el enigma final, abrían un sobre, y el tesoro era el dibujo del corazón de la familia, con cinco corazoncitos. Tenían que deducir que iba a haber más amor en la casa. Juan, ya solo contando cinco corazones, que para él los corazones significan un miembro de la familia, se quedó perplejo, súper contento”.

Beatriz, recordando el tiempo compartido con Jesús María en familia, afirma: “Jesús María estuvo poco tiempo con nosotros, pero fue intenso. Este ratito de la búsqueda del tesoro, los hermanitos que tocaron la tripa, fue poquito tiempo, pero se vivió con alegría. Fue hasta la primera ecografía…”

“El Señor no me dejó sola en ningún momento”

“Alejandro tenía una reunión muy importante y, como yo me encontraba fenomenal e iba a ser en el hospital en el que yo estaba trabajando, le dije que no era necesario que viniese. Fui sola, pero el Señor no me dejó sola en ningún momento. Mientras que me hacía la ginecóloga la ecografía, me miró y me dijo: ‘No hay latido’. Así, sin más. Te tienen que revisar mucho para confirmar que tu hijo está muerto. En ese momento una enfermera me dio la mano y me dijo: ‘Hija, no te suelto, dame la mano’.

Al acabar, le dije que quería rezar y me fui a la capilla, pero no podía hacer otra cosa que llorar. Había una señora rezando delante; al rato, se levantó y vino a mi lado. Me dijo: ‘No sé qué te pasa, pero voy a rezar contigo’. Cuando pude decirle que estaba llorando porque había perdido a mi hijo, ella me dijo: ‘A mí me pasó lo mismo, rezamos juntas’. Hasta que llegó Alejandro no se fue, he tenido ángeles en el camino”.

“Lo llamamos Jesús María”

Cuando Alejandro llegó a la capilla del hospital, ambos se abrazaron y se dieron cuenta de que todavía no tenía nombre… “Estábamos delante del Señor y ni lo dudé, me vino rápidamente la Escritura: Jesús dice que vino del Padre y volvía al Padre. Esta vida de Jesús también está destinada a ser una vida intensa, acotada. En ese momento, como padre sentí: Dios nos lo entregó, no sé para qué (en ese momento no entiendes nada), Dios se lo lleva con Él, pues bendito sea Dios. Y María acompañó a Jesús, que también experimentó la pérdida de su hijo, así que sería María si era niña. Lo llamamos Jesús María”.

“No podía concebir otra cosa que enterrarlo”

“Desde el principio, yo necesitaba cuidar a mi hijo, y en los pasillos del hospital llamamos a un sacerdote amigo y él nos habló de En Vela.

Cuando volvimos a la consulta nos plantearon la situación de un modo muy técnico: ‘Te hacemos un legrado o te tomas unas pastillitas’. Entonces, le dije a Alejandro: ‘Si me hacen un legrado, me lo quitan. Y no sé si lo voy a poder recuperar. Si lo tengo en casa, lo tengo yo y yo le puedo enterrar’.

Lo mismo pensaba Alejandro: “Yo no podía concebir otra cosa que enterrarlo. Cuando me enteré (de su fallecimiento) me eché a llorar. Estaba en mitad de la calle y me derrumbé. Me preguntaron si estaba bien y solo pude decir: ‘He perdido a mi bebé’. Ya está. Y cogí un taxi, y me marché corriendo. No lo he podido vivir de otra manera, no puedo minimizarlo.  Lo queremos desde el momento que supimos que estaba ahí”.

Beatriz continúa: “Elegimos las pastillas, pero no hicieron efecto, tuve que volver a urgencias con todas las embarazadas en la sala de espera. Yo me preguntaba: ‘¿Por qué me quitas a mi hijo si yo lo quería?’”.

“¿Por qué, si Jesús es bueno, se ha llevado a mi hermano?”

“Durante todo este tiempo te preguntas el por qué ha pasado esto, y un día nos lo preguntó Juan. Nos dijo: ‘¿Por qué, si Jesús es bueno, se ha llevado a mi hermano?’. Cuando tienes que dar una explicación a tu hijo, te la tienes que dar a ti. A Juan le habíamos dicho que nunca le íbamos a mentir, así que le dijimos la verdad, que Dios no es malo y que no nos había quitado a su hermanito, que quería una familia que pudiese quererlo, porque el Señor sabía que iba a vivir poquito y, como su vida era valiosa, Dios quería una familia que le quisiese mucho. Le dijimos que nos eligió para quererle mucho en poco tiempo. Cuando le dijimos esto a Juan, también nosotros encontramos consuelo, porque el Señor no es malo, nunca es malo”.

“Yo no era el ataúd de mi bebé, era puerta del Cielo”

“Cuando al final acabé en el legrado, perdí toda la esperanza de poder recuperar el cuerpo del bebé. Cuando ya estaba ingresada y esperando a entrar en quirófano, le dije a Alejandro: ‘Si salgo corriendo, no me lo quitan’. Yo lo tenía protegido. Justo antes de entrar, hablamos por teléfono con una amiga, hermana de Iesu Communio, le dije que me sentía ataúd de mi hijo. Y me dijo una de las cosas que más paz me dio para poder entrar en ese quirófano: que yo no era ataúd, que era puerta del Cielo. Entonces pude entrar allí con paz sabiendo que yo era puerta del Cielo para mi bebé”.

La importancia del trato hospitalario

“Se portaron súper bien conmigo en ese quirófano. El anestesista me dijo: ‘¿Con qué quieres soñar, princesa?’. Le dije que con mi bebé. Él me pidió algo alegre, pero le dije que lo mejor que podía hacer cuando me iban a quitar a mi niño era poder soñar con él y despedirme. Me dijo: ‘Pues si quieres soñar con tu bebé, te hago soñar con tu bebé’. Y me puso la anestesia.

Cuando salí, dije en atención al paciente: ‘Acabo de perder a mi hijo y me acaban de hacer un legrado. Quiero a mi bebé. Y no me iré de aquí si no me decís cómo puedo recuperar a mi hijo’. Entonces tuve que firmar un papel horrible: restos biológicos de legrado. Era la forma oficial para poder recuperar su cuerpo, pero se portaron fenomenal con nosotros desde el primer momento, y les enviamos una carta de agradecimiento.

La ginecóloga que me vio después del legrado era cristiana. Nos dijo: ‘Siento la pérdida de vuestro hijo’. Fue la primera sanitaria que nos dijo ‘vuestro hijo’ y no ‘el feto’. Entendió nuestro dolor y nos derivó para recibir apoyo psicológico donde contamos todo lo que habíamos pasado, y nos indicaron que lo trasladarían a la comisión de perinatal, para intentar evitar que otros padres tuvieran que pasar por el mismo proceso que nosotros, y que no tengan que firmar el papel que tuve que firmar yo…

También me vio un matrón, un chico, al que le dije que yo algo tenía que haber hecho mal y, con una calidez humana increíble nos dijo que no habíamos hecho nada malo, que las cosas pasan, y que a él también le había pasado. Se dirigió a Alejandro, porque decía que siempre le preguntamos a la mamá, y le dijo: ‘Y tú, ¿cómo estás?’. Creo que fue el primero que lo miró. Tu marido está ahí contigo y nadie le ve, y eso tampoco es justo, porque él también está sufriendo. También ha perdido un hijo”.

Jesús María pasa la noche en casa, la familia vela y sus hermanos lo acogen con alegría

Beatriz nos comparte sobre la noche en que velaron a Jesús María: “Mi madre se fue a comprarle una sabanita preciosa, súper sencilla, con una cruz, era lo que le podía comprar a su nieto. Cuando nos avisaron del hospital que podíamos ir a buscarlo, Helena (de En Vela) lo recogió, lo arropó con esa sabanita y nos lo trajo a casa con unas flores. Cuando llegó, Juan le enseñó toda la casa a su hermanito. Cogió la cajita y le iba diciendo: ‘Mira, esta es la cocina. Y aquí es donde yo me siento. Y esta es mi cama. Esta es la de Marta. Estos son mis juguetes…’. Estaba encantado porque estaba su hermanito en casa. Estuvimos con mi madre y mis suegros. Helena nos había dado las oraciones de la octava de Navidad. Y lo rezamos todos juntos. Los niños también, como pudieron. Dentro de la cajita tiene mil cosas, porque cada uno le puso una nota o un dibujo.

El bebé estaba cubierto con su sabanita, le pudimos coger en brazos… Eso da una paz, el poder cogerlo, poder despedirte y decirle que le quieres, en persona. Es una paz en el momento que lo vives y después a futuro, recordar que pudiste hacer todo eso, y compartirlo con la familia.

¿Por qué llevarlo a casa? Porque lo puedes cuidar. Y no yo sola, le pudimos cuidar todos. Pudo recibir un abrazo de sus hermanos, de sus abuelos, de sus padres. Le puede parecer a alguien extraño, pero es una pasada poderle abrazar. Es tu hijo y es tu casa, es recibirle en el hogar”.

“Pasó toda la noche con nosotros. Le teníamos puesto en un sitio con flores, con una imagen de la Virgen, un altarcito con fotos de toda la familia y, al llegar el momento de comer, Juan decidió que su hermano se sentaba con nosotros en la mesa, cogió la cajita y la colocó en la mesa, y esa noche cenamos todos juntos con los abuelos”, añade Alejandro.

“Cuando se fueron los abuelos, y llegó la hora dormir, Juan dijo que era la única noche que íbamos a estar todos juntos en casa, y sugirió dormir todos juntos en la cama grande con su hermano, al que pusimos en el cabecero de la cama. Haberle podido tener en casa, a nosotros nos ha dado mucha tranquilidad y muchos recuerdos alegres, como recordar cuando saltaba Juan en la cama, con Marta… y Jesús María en el cabecero de la cama. Fue algo para ellos importante, fue hacerle parte de la casa, no solo de la familia, sino del hogar. Cuando lo fuimos a enterrar, Juan fue el que le bajó de casa y el que quiso llevarlo todo el rato en brazos”. “Fue un gran hermano mayor. Y sigue siendo su hermano mayor, siempre lo será. Le cuidó todo lo que pudo y ahora es su hermano el que le cuida a él”.

La misión del más pequeño de la familia: “Para que tengan vida”

“Lo vivido con nosotros cambió mucho a sus abuelos, les hizo también tomar conciencia de la vida de otra manera. A nosotros también, y a sus hermanos. El poder rezar a un hermanito en el Cielo es tomar conciencia de que es parte de nuestra familia”, nos comparte Beatriz. “Vemos que hay muchos hijos silenciados. Un día estaba hablando con Jesús María: ‘Te echo de menos, me gustaría darte un abracito, que estuvieras aquí. Pero algún día entenderé por qué todo esto’. Y una voz que venía de dentro, como que era mi niño que me lo decía, me dijo: ‘Para que tengan vida, mamá’. Para Beatriz y Alejandro, el “por qué” se transformó en un “para qué”, y son testigos de todo el camino que quiere abrir su hijo en el mundo, ayudando a otras familias.

“El día que le enterramos, avisamos a nuestra familia y amigos, estuvieron con nosotros en la celebración y en el entierro y nos volvimos a sentir cuidados y acompañados por nuestra familia de sangre, nuestra familia en la fe y la Iglesia que acogía a nuestro hijo. Durante todo este tiempo, muchos nos dijeron que habían pasado por lo mismo. Esto ha ayudado a gente que ni conocía, gente que me ha pedido información a raíz de lo que hemos vivido. Hay que darlo a conocer. Hemos recibido mucha luz, mucha paz, mucho bien, también con la pastoral de 8 estaciones de luz, y es como una levadura que crece, y si nos ha hecho bien a nosotros, ¿por qué no te va a hacer bien a ti?”.

Alejandro continúa: “Lo sabemos porque hemos pasado por lo mismo. También por frases que te dicen con buena intención, como ‘ya tendrás otro’, pero que me hacen más mal que bien porque yo lo que quiero es lo contrario, es que a este niño se le reconozca. Son niños escondidos, y a los padres, la sociedad les aboca a vivirlo en soledad, a vivirlo como algo tabú. Nosotros damos gracias por el testimonio de Jesús María, por el poco tiempo que ha estado con nosotros, por el bien que ha hecho. A mis hijos, cuando nacieron, les dije a los dos lo mismo, que los iba a querer con todo mi corazón y que iban a cambiar el mundo. Es decir: ‘ya habéis cambiado el mundo, porque no habéis hecho nada, y nuestro mundo ya es mejor. Nuestro mundo, nuestros padres, nuestros amigos, nuestros hermanos, todo’. El mundo es mejor porque están ellos aquí. Con Jesús María, ese día fue lo mismo, fue decirle: ‘Tú también has cambiado el mundo’. No sé cómo, no sé de qué manera, distinta, porque es una vida muy intensa pero breve, que se va rápido, pero que, para nosotros, ha cambiado el mundo”.

La relación de amor más allá de la muerte

“Nosotros tenemos en el salón las fotos de los niños junto a la única ecografía que tenemos de Jesús María, con la velita que nos dieron el día de la Presentación en el Templo. Es tenerle presente. O cuando voy rezando, le hablo y le voy contando las cosas del día a día: le pido por sus hermanos, le cuento si su padre tiene una reunión, si sus abuelos tienen algo… Pensará que soy una pesada…

Juan tenía miedo de morirse porque no sabía cómo sería el Cielo, y me preguntaba cómo era. Le dije que se lo podía preguntar a su hermano, para que le enseñase en un sueño cómo era el Cielo. Un día, Juan me dice que había soñado con el Cielo, como un parque de atracciones gigante sobre una nube en el que todo el mundo estaba feliz, y él se sentía en paz. No volvió a tener miedo desde entonces.

También, cuando nació para el Cielo Jesús María, Alejandro me regaló un broche de una estrella de Navidad, por Jesús y María en Belén, y en momentos importantes como su entierro o en Nochebuena me lo pongo. Es una manera de hacerle presente”.

Alejandro también nos cuenta que siempre buscan darle su lugar a Jesús María, “en pequeñas cosas, muy sencillas. Cuando escribimos los christmas de Navidad y firmamos, lo hacemos por él como uno más de la familia. Son cositas… No es la necesidad de estar recordando todo el rato forzosamente, es de manera natural, él está en los momentos importantes de la familia”.

La comunión de los santos

Alejandro comparte que, en misa, le da la paz a Jesús María: “Es que sé que está ahí, conmigo y en ese momento. Es precioso entender así la comunión de los santos. Le doy un beso a mis hijos: a Juan, a Marta, y luego a Jesús María”.

Beatriz también ha vivido esta comunión de los santos con su hijo: “Siempre hay situaciones en las que reconoces la mano de ese santo que tienes ya en el Cielo. Yo durante un tiempo en misa, que es el momento que está presente la Iglesia del Cielo, la Iglesia peregrina… colocaba las manos como si lo estuviese cogiendo en brazos. Un día fui a comulgar y Marta se me había quedado dormida en brazos. Lo pasé muy mal reviviendo la entrega de mi hijo, reflejada en Marta dormida, hasta que recibí a Jesús al comulgar, y me transmitió la certeza de que Él tenía a mi niño y cuidaba de él. Fue como volver a entregárselo, con la certeza de que todo está bien. Y, a partir de ahí, lo he vivido con más paz”.